sábado, 21 de marzo de 2015
Una apacible tarde de verano con Nikita Kruschev.
Nikita Kruschev se encontraba de vacaciones en Crimea. Sentado en la orilla del mar se limitaba a observar la lejana linea del horizonte, podría decirse que su mente se hallaba en blanco cuando por detrás apareció el camarada diseñador Tupolev portando una carpeta. Rápidamente comprendió que iba a iniciarse una de esas conversaciones sobre proyectos futuros y la construcción de alguna arma para terminar de una vez por todas con la humanidad. Y efectivamente, Tupolev venía dispuesto a hablar del desarrollo de un bombardeo atómico de largo alcance con el cuál llegar a EEUU. Hasta ese momento fuera del alcance de la Unión Soviética. El camarada Tupolev expresó sus reflexiones sobre el modo de construir dicho bombardero. Su alcance sería ilimitado por el hecho de funcionar con energía nuclear. Pero como contra partida su velocidad y su altura sería muy limitadas. A la pregunta de Kruschev de si podría superar las defensas americanas su respuesta fue negativa. ¿Entonces de que sirve realizar ese avión? ¿Y el costo? , sería astronómico. Kruschev le expuso a Tupolev que el avión nuclear no entraba en las necesidades de la Unión Sovietica, al menos como bombardero. ¿Y si lo utilizamos como avión de transporte civil?, comentó Tupolev. Pero Nikita Kruschev anticipó mentalmente en unas décimas de segundo la cantidad de contratiempos que ello suponía. Que si envenenamientos por radiación, posibles accidentes, acondicionamiento de instalaciones, por no decir que no le hacia ni pizca de gracia que por encima de su cabeza volaran artilugios atómicos. La lista era larga y en esos momentos pensaba en su agitada vida, siempre había tenido que estar despierto. Que si la defensa de Stalingrado ante los alemanes, que si el trato siempre difícil con Stalin, la lucha por el poder... Pensaba sinceramente que era un milagro que su sistema nervioso aun permaneciera intacto y que se encontrara en esos momentos sentado junto al mar de Crimea disfrutando de un agradable brisa, que en cierta manera le congraciaba con la vida. Por estos motivos y seguramente muchos más des de el primer segundo pensó que no era conveniente. En cierta forma sentía cierta envidia del gran diseñador. Se limitaba a exponer proyectos que pudieran realizarse, a los números y a construir cosas, todo muy limitado. En cambio él tenía que tratar con lo humano, con la gestión del poder, Y es que en fondo de su corazón pensaba que el desarrollo de todo el arsenal nuclear era una jodida locura, pero el caso es que en el otro lado, entre las filas americanas había también un montón de desequilibrados dispuestos a apretar el botón rojo de la extinción atómica. Dos mundos humanos dispuestos a destruirse mutuamente. La conversación no fue más allá, hablaron de sus respectivas familias y un rato después Tupolev se despidió cortésmente. Kruschev lo acompañó con la mirada en su alejamiento. Giró la cabeza y se limitó a mirar la linea del mar y volvió a su pensamientos íntimos, recordó su infancia y su afición a coleccionar conchas marinas. Era una tarde estupenda y no estaba dispuesto a renunciar a ella, el fin del mundo podía esperar.
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