domingo, 17 de noviembre de 2013

El Misterioso Egipto. La maldición de un color.



Hoy haremos un viaje al antiguo Egipto pero no a la época de los faraones si no que iremos al siglo XIX. La cuestión es imaginarse todo ese ambiente misterioso que todos asociamos a momias, palmeras, pirámides y maldiciones para introducirnos en una historia, en un pequeño relato. El siglo XIX  es el símbolo de la expansión colonial, de los grandes desafíos para el hombre moderno. En esta época se desarrolló el mundo científico y todas las ramas del conocimiento, entre ellas la arqueología. Y en esto tubo mucho que ver los descubrimientos de las fastuosas tumbas de los faraones y todas sus riquezas y tesoros. Para la sociedad de la época fue la visualización de un nuevo mundo, despertó una gran fascinación pero a la vez también cierto punto de codicia al llevar asociada la palabra mágica para el ser humano, hablamos de oro. El resultado fue que se desencadenó toda una locura entorno a la egiptología, se realizó un expolio sistemático de Egipto, de su cultura muchas  veces bajo la excusa cultural o científica. La palabra oro actuó como una auténtica maldición. Todo era negocio y es aquí donde empieza este pequeño relato. El siglo XIX bajo todo este contexto se abrieron todas la tumbas posibles, no se sabe el número pero fueron cuantiosas, muchas. Con la excusa  de supuestos estudios científicos se desvendaron y se fragmentaron todas las momias buscando no conocimiento como cabría esperar sino oro como ya podéis imaginar. Y es en este momento donde la historia toma un giro inesperado, los seres humanos tenemos una gran capacidad de imaginación y podemos encontrar utilidades insospechadas y solucionar temas en apariencia que no tienen solución. Por decirlo de alguna forma, algún iluminado se le ocurrió hacer pintura con los restos de las momias y sacar con ello un beneficio económico de ello. Se creó una pequeña industria de producción de un color que se extraía de los restos de las momias. Esto es posible debido a que los antiguos egipcios empleaban hierbas y resinas y sobre todo asfalto para momificar a sus muertos. El resultado era una pasta de color negro pardo con la que los muertos eran cubiertos para posteriormente vendarlos. Con ello conseguían proteger los cuerpos de la humedad y del paso del tiempo, les preparaban para el viaje a la eternidad. La cuestión es que los restos de las momias fueron triturados y pulverizados y el resultado de esto se vendió como pigmento para pintores. El color era muy apreciado por los pintores y era extremadamente caro. Como podéis imaginar otra vez, el color era el momia autentico, tenía esta denominación.
Hasta aquí esta pequeña historia, la de un color. Poco podían imaginar en el antiguo Egipto que de sus muertos se hiciera pigmento para pintores, de la eternidad esperada, del viaje hacia la otra vida a un cuadro. Y no es difícil imaginarse algún coleccionista mirando alguna obra sin sospechar a la hora de comprarlo que en parte quizás haya los restos en polvo de un antiguo faraón, que en otra vida tubo un poder de dios en la tierra  y es en este momento una linea que cruza el cuadro de lado a lado.

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